A Laura.
Desayuno pan con mantequilla y café con leche, pero no sabe igual. En un mundo donde unas pocas marcas comerciales controlan todo el mercado, la leche, el café, el pan o la mantequilla no deberían ser tan diferentes, sin embargo, este desayuno a pesar de tener los mismos ingredientes, nada tiene que ver con el que tomé en Londres cada mañana de mi estancia. Quizás sea porque en Barcelona continua el calor y la humedad cuando en Londres ya se presentía el Otoño mientras me sentaba temprano a desayunar junto a la ventana, con el sol yendo y viniendo y el rumor de algunos coches que pasaban por la calle. Hasta el ruido de los coches es diferente en Londres, ruido inglés, más educado. Ayer a estas horas estaba volviendo a casa en metro tras pasar la mañana en la Tate Gallery, pero parece mucho más lejano que ayer, ahora que ya he vuelto y todos los días y acontecimientos de esta semana intensa se amontonan y se pisan unos a otros en mi cabeza.
Fue un viaje largamente pensado, pero precipitadamente acordado, tan sólo reservé mi billete por Internet una semana y media antes. Resultó caro, pero el dinero no vale mucho cuando vas a ver tu hermana tras más de cinco meses. Llegué a Londres a la estación de Victoria desde Gatwick de mal humor y algo desubicada. Era mi segunda vez en la ciudad y la primera que viajaba sola. Mi hermana vive en otra zona ahora y esta es nueva para mí, no me ubico, tengo hambre, sueño, me molestan las lentillas y la estación es un hervidero de hombres con traje y mujeres con zapatos de tacón. Mi hermana se retrasa algo, pero aparece sonriente entre la multitud. Laura lleva más de dos años viviendo en Londres y tras todo tipo de aventuras y alegrías y penas, se ha hecho un hueco ganado a pulso al mal tiempo, al acento inglés y a los puestos de trabajo que no estaban a su altura. Mi hermana no lo sabe, pero tras su fachada de trato dócil y amable, y aunque a veces sea tan insegura que pueda pasarse tres horas antes de decidir cuantas cucharadas de azúcar quiere en el café, es una de las personas más fuertes y con más determinación que conozco.
Tras salir de la estación me arrastra a una tienda por catálogo a comprar sábanas para el colchón de las visitas (el mío), algo que me pone todavía de más mal humor. La tienda consiste en un gran mostrador y mesistas con catálogos. Seleccionas el producto, apuntas en un papel el número de la referencia y te vas a pagarlo a la caja. Ahí te dan un número y esperas a que te llamen. Un chico negro (en Londres casi todos los camareros, barrenderos, conductores de autobús son de raza negra), pregona nuestro número y nos da nuestras sábanas con una sonrisa. Mi hermana Laura dice que está cansada de esa tienda, a mi me pareció lo más cómodo y práctico que había visto en mi vida. Si encuentro una tienda así en Barcelona estoy perdida.
De Victoria, y en vistas de mi atontamiento (es la segunda vez que cojo un avión tras salir la noche anterior y pasarme con las cervezas), mi hermana decide que nos vamos directamente a casa y que mañana empezamos con el turismo. Nos esperan varias paradas de metro y un autobús y es hora punta en Londres: las cinco de la tarde cuando todos vuelven a sus casas tras terminar su jornada laboral. No puedo dejar de alabar el horario anglosajón, mucho más sano y razonable que el nuestro, por más que nos enorgullezcamos de trabajar catorce horas diarias y tener tiempo aún para tomar unas cervezas y unas tapas en el bar de la esquina. No es sano, es una locura y así nos va, trabajamos más horas y somos los menos productivos de Europa.
Los apretujones en el metro no ayudan a que mi humor de perros cambie, y para cuando llegamos a casa yo ya he decidido que no voy a luchar contra mi estado de apatía y que mañana será otro día. Abro la maleta y hago entrega de regalos: libros y comida básicamente. Para mi hermana Paul Auster, para Luís (el novio cocinero) un libro sobre la historia de Grecia. Para ambos comida española. Tras una semana en Londres, se entiende que ambos esperen con ansia las visitas que vienen con comida de España bajo el brazo. Los sabores con los que has crecido no pueden compararse con nada. Estés donde estés, un sabor conocido te puede hacer sentir confortable y feliz en pocos segundos.
La nueva casa de mi hermana es una típica casita londinense: ladrillo rojo y ventanas blancas por fuera, moqueta y empinadas escaleras por dentro. Decido desde ya, que yo también quiero vivir allí. Nos ponemos al día sobre nuestras vidas en sentadas en el suelo del salón, con mi maleta abierta y la ropa desparramada porque mi hermana ya está decidiendo que ropa mía se va a poner esos días. Salimos a comprar algo para la cena y a dar un pequeño paseo por el barrio. Fulham Broadway, está el suroeste de Londres, y en una zona encantadora y tranquila de largas hileras de casitas de dos plantas y pequeños parques. Vamos a comprar a “Sainsbury”, una gran cadena de supermercados inglesa (en Inglaterra todo son grandes cadenas y franquicias, me dice mi hermana que hasta los restaurantes chinos o las tiendas paquistaníes que no cierran nunca son franquicias). El suepermercado aparece en una explanada libre de casas, y a mi me recuerda al “Badulake” de los “Simpsons” y me da la risa. Parece una tienda de juguete desde fuera, con su aparcamiento, su planta baja y su techo me pregunto si Apu me dará las buenas tardes al entrar.

La tienda es grande y hay de todo, pero todo está envasado. Descubro hasta una cabeza de ajos envasada en una cajita de plástico son su lazo y todo. Los envases de las frutas y verduras llevan una leyenda con la explicación de sus propiedades alimenticias y de cómo cocinarlas, lo cual dice mucho de la cultura culinaria de este país. Hay largas estanterías con productos pre-cocinados, y yo los quiero comprar todos pero mi hermana me frena; primero, 3 pounds y medio no son tres euros y medio, y segundo, tras la bonita presentación solo hay millones de calorías y conservantes. Optamos por una ensalada para la cena y pan con los embutidos que yo he traído. Cenamos en el salón (mi dormitorio) y nos acostamos pronto, mi hermana se levanta a las seis de la mañana y yo estoy agotada, para mi cuerpo en una hora más. Quedo con mi hermana en la entrada lateral del National Gallery a las doce el día siguiente. Luis llega mucho más tarde del trabajo y ese día ya no lo veo.
Me despierta la luz que se cuela tras las cortinas y el dulce rumor del tráfico, el cielo está algo nublado, pero se siente la atmósfera limpia y tranquila y las calles de Londres me llaman a gritos. Desayuno sola, todos se han ido ya a trabajar y aunque no son más de las ocho y media, y salgo para la National con la cámara de fotos colgando del cuello, mi guía de Londres, mi mapa del metro y la Oyster Travel Card, y me voy casi dando saltitos hacia la parada del autobús. Las paradas de autobuses londinenses son muy divertidas porque están del revés, es decir, la mampara de cristal hacia la calzada y los asientos hacia la acera, con lo cual, si te despistas, no ves venir al autobús y te deja ahí. Bajo en Fulham Station y me meto en el metro; the tube para los londinenses. Descubro que me encanta usar mi tarjeta: no hay que pasarla por ningún sitio, simplemente acercarla sin sacarla siquiera del plástico que la protege a una placa, se enciende una luz verde y se abren las puertas. Me siento totalmente londinense con ese pequeño gesto. Aquí las estaciones de metro suelen tener andenes espaciosos que chocan con la estrechez de lo vagones. Realmente los vagones tienen forma de tubo. No viaja tanta gente como esperaba y puedo sentarme en sus asientos acolchados y anchos. Durante todo el trayecto no dejan de anunciar cosas por megafonía de las que no entiendo nada, me pregunto si los ingleses entienden algo. Una de las pocas cosas que consigo entender es que si dejas tu bolso o mochila lejos de tu cuerpo te arriesgas a que venga la policia y la haga saltar por los aires. Tomo nota. De todos modos, no pensaba dejar mis cosas muy lejos.
Bajo en Leicester Square y llego sin problemas hasta Trafalgar, me enorgullece mi sentido de la orientación, la última vez que pasé por ahí llovía a cantaros y hacía un frío terrible, me sorprende reconocer las calles bajo el sol. Me entretengo haciendo fotos sin mirar la hora, la mejor parte de estar de vacaciones es que olvidas que tu vida gira con el ritmo de las agujas de los relojes que inventamos para medir lo inmensurable. En la entrada lateral de la Nacional Gallery siempre hay un hombre que reproduce con tizas de colores cada día una pintura del museo. Me recibe con uno de mis favoritos, más que por su calidad pictórica, por la escena que representa: “La familia de Dario ante Alejandro Magno”. Le echo unas monedas y le hago una foto.

El plan es que yo entro primero en la Galería, me hincho a ver cuadros y cuando ya esté más relajada, bajar a esperar a mi hermana, pero llego tarde, y me quedo sin batería en el móvil, así que decido esperarla en el hall y hacer juntas la visita. Mientras espero comienza a caer una lluvia que no sé muy bien donde sale, después descubriré que así sucede siempre y que tengo que comprar un paraguas urgentemente. A los pocos minutos llega mi hermana, la veo desde lejos con su paraguas verde, el único entre tantos negros. Decidimos bajar a la cafetería de la planta baja a tomar un café, mi hermana necesita reponerse del trabajo antes de enfrentarse a mi sobreexcitación museística. El café es de los más malos que he tomado en mi vida, pero la cafetería tiene en cada mesa un ordenador con pantalla táctil donde puedes buscar todos los cuadros por fechas, autor o título. Me entusiasmo tanto con el programa que a punto estoy de olvidarme que a algunos metros sobre mi cabeza tengo los cuadros de verdad.
Como es la segunda vez que visito la Galería le ahorro a mi hermana algunas salas. Empezamos con la pintura que hemos visto fuera, es de Paolo de Veronese, del año 1565. Le explico a mi hermana que se trata de una pintura anacrónica, un episodio histórico representado a la manera de la época en la que se pintó el cuadro. Alejandro vivió en el siglo IV aC. y tanto la ropa como las armas que llevan los personajes del cuadro son del siglo XVI dC. Además tras la escena de la recepción, aparece una arquitectura imposible y muy alejada de la Persia del siglo IV aC. El cuadro es de gran dimensión y necesitas alejarte mucho o mover mucho la cabeza para verlo entero. Laura está leyendo ahora “El muchacho persa” de Mary Renault, que narra la vida de Alejandro desde el punto de vista del que fue su amante, el eunuco persa Bagoas, y está casi tan fascinada por la figura del rey macedonio como yo, así que el cuadro le encanta.
Paseamos hasta la pintura flamenca y holandesa y seguimos por la pintura española e italiana. Me fijo especialmente en Velázquez, en “La Venus del espejo” (la primera vez que fui la pintura estaba prestada a otro museo y no pude verla), y en “Cristo predicando en casa de Marta y María”. En el primer cuadro, una mujer desnuda, tumbada en un diván, de espaldas al espectador se mira en el espejo que un ángel le sostiene, pero su reflejo no es el de una mujer joven y bella como su cuerpo hace esperar, sino el rostro de una vieja. La belleza de poco sirve porque como todo, es perecedera y como todo, terminará. Me recuerda a Apollinaire exclamando aquello de “¡Ese monstruo de la belleza no es eterno! En el segundo vemos en primer plano a una anciana y a una joven preparando la comida en una cocina austera, sobre una vieja mesa de madera donde vemos huevos, ajos y pescado, al fondo, en lo que no se sabe si es una ventana o un espejo, Jesús predica a Marta y María. Velázquez nos avisa, Dios está en los pucheros, Dios está en los actos más sencillos de cada día. En un momento de pomposidad y abundancia, Velázquez antepone la austeridad, la sencillez y la templanza para vivir en paz y armonía. A Velázquez le encanta jugar con los espejos, como metáfora de la distancia entre las apariencias y la realidad. Velázquez juega con el espectador, lo reta y lo introduce en el cuadro, es por ello que todas las generaciones de pintores posteriores han visto en él a un revolucionario, al pintor de pintores.

La venus del espejo, Velázquez

Jesús en casa de Marta y María, Velázquez
Le dedico muchos minutos también al “San Francisco” de Zurbarán, me encanta como la luz casi irreal baña su cuerpo cubierto por un manto de lana, de rodillas, con la boca entreabierta, en éxtasis, y la oscuridad y austeridad que lo rodean. Pienso en las palabras de Cristo en no recuerdo cual evangelio: “he venido al mundo como una luz y todo aquel que me siga no volverá a caminar en la oscuridad”. Sigo con otro que sabe mucho de oscuridades: Caravaggio, el maestro del tenebrismo. Caravaggio es uno de mis pintores favoritos de todos los tiempos. Dicen de él, que su uso de la luz lo convierte en el primer director de fotografía de la historia. Ilumina sus escenas como si dispusiera de un gran foco de luz, cuando probablemente tan sólo disponía de algunas velas y de una gran intuición. Caravaggio siempre va al momento de máxima dramatización, al momento de más expresividad, pero a su vez, lo hace contenido y sereno. En “El muchacho mordido por una lagartija”, alegoría de los sufrimientos que causa el amor, un joven ahoga un grito de dolor y sorpresa con la boca abierta cuando una lagartija que se hallaba entre las flores le muerde. Es el instante exacto del mordisco, el joven tensa el cuerpo y da un respingo, ni siquiera ha tenido tiempo de mirar hacia la causa del dolor. La ropa se ha deslizado por su brazo y le deja al descubierto el hombro y parte del pecho. El muchacho de rasgos suaves y femeninos, tiene una fuerte carga homoerótica, como muchos de los cuadros de jóvenes que Caravaggio pintó. Este en concreto, es uno de mis cuadros favoritos del pintor. Lo observo durante largo rato, ladeando la cabeza hacia la izquierda, como he descubierto que hago siempre que miro algo que me fascina.

Muchacho mordido por un lagarto, Caravaggio.
Seguimos por los impresionistas y post-impresionistas. Me entretengo bastante con “La silla” de Van Gogh. Desde que él se atrevió a pintar una vieja silla de paja, todo podía pasar en el arte. Todo era igual de noble y bello y todo podía ser plasmado. Van Gogh, pinta una silla y tras ella sus útiles de pintura, nos está diciendo que eso es lo importante, el pintor, no el objeto pintado, no el tema pintado. El arte no es la realidad, el arte está por encima. Entendiendo esto, es algo más fácil ver el camino desde el post-impresionismo hasta Dadá. Su interés me hace feliz y se me olvida el dolor de espalda de tantas horas que llevamos de pie por las salas.

Silla, Van Gogh
Salimos de la National Gallery y comemos algo sentadas en un banco de Trafalgar Square. Ya no llueve y aunque está nublado el sol se cuela de vez en cuando y llega hasta Londres. Londres después de la lluvia es un lugar donde quisieras vivir. Aprovechando la tregua que nos da la lluvia, decidimos pasear hasta el Big Ben y subir luego por la vera del Támesis. Hablamos de nuestras cosas, nos reímos un rato de algunos turistas, jugamos a adivinar quienes son españoles (es un juego fácil, los españoles tenemos algo que nos distingue de el resto de turistas, y no es sólo que gritemos más, creo que es la ropa de Zara). Llegamos hasta Saint Paul, y caminamos por Oxford hasta el Soho. Son las siete de la tarde y ya hay mucho ambiente (en ambos sentidos). Luis llama por teléfono para saber cuando volvemos a casa, y para decir que no soy muy buena escondiendo regalos, que ha encontrado el suyo y quiere abrirlo ya. Mi hermana le reta para que cocine algo, Luís se resiste un poco pero para cuando mi hermana cuelga el teléfono ya sabe que hará algo para cenar. No hay nada como tener un cocinero en casa. Caminamos hasta Trafalgar Square de nuevo y nos sorprende un espectaculo callejero de danza contemporánea. La coreografía me suena de algo, me recuerda a la Fura del Baus y pienso que seguro que se trata de una compañía catalana. Al final de la acutación, descubro que era la Compañía Catalana de Danza Contemporanea por la que los ingleses no desmuestran gran entusiasmo.

Big Ben.
Queremos sentarnos a tomar algo pero todas las cafeterías están llenas, apura el hambre y decidimos volver a casa en bus. Luis nos recibe sin camiseta luciendo todos sus tatuajes. Luis es un superviviente nato. De esa clase de personas que pueden con todo, que no se achican ante nada ni ante nadie. Su sueño es montar un restaurante y yo no tengo ninguna duda de que vaya a conseguirlo algún día. Luis tiene un lema que dice: “quien vence a los demás es fuerte, pero quien se vence a sí mismo es la fuerza”. Luis es un tercio catalán, un tercio madrileño y otro vasco, si es que esta combinación es posible, y lleva varios años viviendo en Londres, los dos últimos con mi hermana, lo cual lo convierte en mi cuñado favorito. El menú de la cena consiste en una sopa japonesa de algas y verduras, atún a la plancha y ensalada de salmón. Todo estupendo. Tras cenar, mi hermana se va a dormir, y Luis y yo intentamos ver “Match Point” de Woody Allen, para saber el lugar exacto donde Jonathan Rhys Meyer tira el anillo (la prueba del delito) al Támesis, pero ambos nos estamos quedando dormidos, así que decidimos concluir la película y el día ahí. Londres empieza a parecerme un lugar no tan malo para algo más que hacer turismo.
Duermo tan bien en la cama improvisada que me cuesta levantarme aún sabiendo que estoy en Londres. Desayuno pan con mantequilla y café con leche y siento como si llevara haciendo café en esa cocina todas las mañanas de mi vida. Salgo de casa en dirección British Museum, me lío algo al llegar pero llego sin preguntar (mi orgullo me lo prohíbe, antes daría la vuelta al mundo a la pata coja que preguntar por una calle). Como es la segunda vez que voy y como ya he asumido que ni en cien visitas podría digerir todo, me lanzo a la búsqueda y captura del supuesto sarcófago que podría haber albergado los restos de Alejandro Magno (lo mío con este hombre es algo digno de estudio), pero no lo encuentro. Luego con mi hermana preguntamos a varios informadores de sala y ninguno tiene ni idea, así que me llevo una gran desilusión. Me paseo por las salas de Egipto, Asiria, Sumer y Persia. Como siempre que visito un gran museo me debato entre la admiración por la conservación de las piezas y las nauseas que me provoca el expolio de la cultura y las raíces de otros pueblos menos favorecidos.
Termino en Grecia a propósito, me dejo lo mejor para el final, mirar a los ojos y cara a cara a Alejandro, o a su busto más bien. Contengo las lágrimas al pensar que estoy viendo su rostro tal y como su escultor lo estaba viendo mientras esculpía la piedra, hace más de dos mil trescientos años. Alejandro Magno, capaz de matar de la manera más cruel y sanguinaria pero también de llorar por un pasaje de La Iliada, el hombre que a los 32 años había conquistado todo el mundo conocido en su época, el hombre que enloqueció cuando su mejor amigo y amante Hefestión murió, el niño que se educó con Aristóteles y el hombre que dominó el Imperio más grande jamás visto. En su lecho de muerte le preguntaron que cuando quería que le honraran, y él contestó: cuando seáis felices.

Busto de Alejandro Magno.
Salgo a la recepción a buscar a mi hermana. Viene enfadada con su trabajo, tiene ganas de dejarlo, pero lo difícil de conseguir otro y seguir pagando el alquiler, le frena. Eso me recuerda que yo estoy de turista y que mi visión de la ciudad está adulterada; Londres es, como toda gran urbe, despiadada y fiera, sobretodo, con el que viene de fuera. Entramos de nuevo en el museo, y emborrachando a mi hermana de historia consigo que se le pase el enfado. Queremos ir a comer a Hyde Park pero cuando llegamos llueve a cantaros y yo todavía no tengo mi paraguas. Aguardamos en un portal hasta que deja de llover, me sorprende la facilidad y el estoicismo con el que los londinenses soportan la lluvia. Para nosotros es una tragedia o una fiesta, pero es algo, para ellos simplemente cae agua del cielo.
Comemos en el parque cuando deja de llover, un pic-nic bajo el cielo nublado y el olor a hierba mojada en el corazón de Londres también tiene su encanto. Ahora que lo pienso, mi catarro actual, puede que comenzara a gestarse justamente ahí. Los parques europeos nada tienen que ver con los nuestros, estos son grandes extensiones cubiertas de árboles, lagos artificiales, cafeterías, estanques, y están llenos de gente corriendo, yendo en bici o tirados en la hierba. Los nuestros son recintos cerrados, con dos arbustos y un charco con cuatro patos, donde tienes prohibido sentarte en el césped. Seguimos caminando en busca de un café, caminamos hasta Notting Hill y terminamos tomando uno en un vaso-cisterna del “Starbucks”. Por lo menos, aquí el café no engaña a nadie. Quiero llevarme la taza, pero me parece muy ruin y creo que el camarero me ha olido las intenciones, así que desisto. En Barcelona ya no ponen tazas porque todo el mundo se las llevaba, sólo vasos de plástico y me hacía ilusión tener uno de recuerdo para tomar café por las mañanas recordando el día que lo robé en Londres.

Hyde Park tras la lluvia.
Nos perdemos buscando el Holland Park pero merece la pena, cuando llegamos está atardeciendo y el lugar es realmente bonito, la ciudad queda tan lejos cuando entras que parece mentira que esté a pocos metros, detrás de los árboles. Parece otoño, o por lo menos el otoño español, con las hojas de los árboles comenzando a cambiar de color, las ardillas correteando y el suelo mojado. Aquí empieza mi dolor de garganta, y nos volvemos para casa. Mi hermana también se encuentra mal, así que al llegar nos terminamos la sopa japonesa de la noche anterior y junto con unas tortillas a la francesa. La cena nos resucita un poco, pero esa noche a penas hay charla, y las dos caemos en coma en la cama. Mañana es sábado y Laura tiene fiesta todo el fin de semana, así que ya habrá tiempo para hablar.

Holland Park ( Jardín japonés) al atardecer.
Por la mañana salgo al super a comprar algo para el desayuno, y al volver mi hermana y yo tenemos nuestra primera y única pelea del viaje: he tardado mucho y no he traído croissants. He tardado porque he estado paseando, bajo el sol tímido de primera hora de la mañana londinense y no he comprado croissants porque no había, pero traigo tres clases distintas de pan inglés. Mi hermana protesta, pero al final, el pan está mejor de lo que espera. Salimos hacia la Modern Britain.
Este museo pertenece a la Tate, sólo que el arte propiamente inglés está en este otro museo, así que vemos toda la pintura inglesa desde 1500 hasta la actualidad. Descubro que “El despertar de la inocencia” de Hunt está ahí y a mi hermana le gusta mucho lo que le cuento esconde el cuadro: la muchacha, amante del hombre que la sostiene en su regazo, es consciente por primera vez de que está atrapada, de que siempre será "la otra". También la “Beatriz” de Rossetti y el “Nocturno sobre negro y oro” de Whistler (busco “La madre del artista” pero no la encuentro) están ahí, así como el famoso cuadro de Ofelia ahogada en el río de cuyo autor nunca consigo recordar el nombre. Busco la sala dedicada a Blake con gran nerviosismo pero descubro que sólo "Newton encerrando al mundo es sus cálculos está ahí". Es un grabado inquietante y difícil, como todo Blake, aunque no hay rastro todavía ahí del sufrimiento de otros grabados posteriores.

El despertar de la inocencia, Hunt

Beatrix, Rossetti.
Del mueso nos dirigimos a Canary Warft donde se juntan varios edificios altísimos cubiertos de cristales que recuerdan más a Nueva York que a Londres. Uno de esos edificios es el Canada Tower, el más alto de la ciudad. Comemos en una plaza, bajo los edificios enormes, en silencio por que es sábado y agosto y no hay nadie más que nosotras y un guardia de seguridad. Tras descansar un rato nos vamos hasta el
Cutty Shark en tren, me gusta mucho más el viaje en tren que el lugar en sí, que me parece horriblemente turístico, más que cualquier otra zona de Londres. Nos metemos en el Greenwich Park, donde mi hermana duerme un rato sobre el césped y yo me pierdo paseando y reflexionando muchas de las cosas que ahora escribo aquí. Cuando nos reencontramos, Laura se acuerda de que quería llevarme a ver “Sueño de una noche de verano” a un teatro al aire libre en Regent’s Park. Nos cuesta más de una hora llegar para descubrir que ese día no la hacen, y que para cuando van a volver a representarla yo ya no estaré en Londres. Segunda desilusión del día. Para animarme, Laura recuerda un bar típico inglés donde sirven una estupenda comida tailandesa (cosas de Londres), pero tardamos más de lo previsto en llegar y tienen todo ocupado. Tercera decepción del día. Comienzo a sentirme fatal y volvemos a casa. Para quitarnos el mono de tallarines, mi hermana cocina unos con verduras y tras la cena (y un zumo de limón con miel, el truco de mi padre para los resfriados), nos acostamos. Luis llega más tarde, pero nos encuentra durmiendo a las dos.

Edificios de cristal en Canary Warft.

Vista desde Greenwich Park.
Es domingo por la mañana y Londres es Londres, ningún dolor de garganta me va a dejar fuera de juego. Desayunamos juntos, aunque con cierto desorden porque somos tres para ducharnos, tres para decidir que ropa ponerse, tres para usar el baño, y dos para secarse el pelo (Luis hace años que terminó con esa molestia afeitándose la cabeza). Finalmente conseguimos salir de casa hacia Brick Lane, una zona antes marginal detrás de La City y ahora en boga desde que a alguien se le ocurrió escribir un libro con ese nombre como título. Metemos la nariz en White Chapel, una galería de arte contemporáneo, tienen propuestas muy interesantes, pero hoy no es día para museos así que salimos y nos adentramos por la calle principal. Esta zona es el lugar donde se asentó la población de Bangladesh hace años y es una combinación extraña y brutal entre restaurantes y barberías de la población local con tiendas de segunda mano donde la ropa vale más que si fuera a estrenar. Un arco de luces extrañísimo preside la calle, en otro lugar sería algo feo pero aquí tiene su encanto; una imitación pasada de moda y mal hecha que recuerda tiempos mejores en otra ciudad que no es esta.
Comemos cous-cous en el mercadillo, Luis se compra cuatro camisetas y yo compro dos más. Luego compramos vino, chocolate, pan y frutos secos para la cena, por primera vez, no hay ni rastro de franquicias, solo vendedores simpatiquísimos que elaboran los productos que ellos mismos venden. Aunque lo más sorprendente de este extraño lugar (que me recuerda al Rabal de Barcelona, pero con más encanto y menos suciedad), es que tan sólo a una calle de distancia y sin que tengas tiempo a prepararte visualmente está La City, presidida por el imponente edificio de Norman Foster con su característica forma. Si miras a tu derecha Brick Lane, si miras a tu izquierda La City y no hay absolutamente nada entremedio. La modernidad, la vorágine y la arquitectura de vanguardia frente a frente con la tradición, la tranquilidad y la fusión cultural, cristal contra ladrillo, azules contra rojos, hombres blancos con trajes de diseño de corte italiana frente a hombres de piel morena y ojos oscuros con sus trajes tradicionales, y de una orilla a otra, sólo los turistas hacemos de puente.

La City desde Brick Lane.
Nos encontramos con un amigo cocinero de Luis, argelino y con un inglés muy fácil de entender que nos hace de guía por La City y nos lleva hasta el Tower Bridge. Se nos hace de noche paseando, llueve de nuevo, pero ya tengo un paraguas conmigo y ya me he acostumbrado a abrirlo y cerrarlo un par de veces por hora. Nos equivocamos de dirección y en lugar de ir hacia el centro de Londres como pensábamos, estamos yendo hacia fuera, pero yo no me entero de eso hasta la mañana siguiente, cuando trato de ubicarme sobre uno de los puentes que cruzan el Támesis y no me salen los cálculos. Ya en casa Luis prepara la cena y yo pongo la mesa mientras Laura se ducha. El cansancio aprieta y nos vamos todos a dormir nada más terminar.
Dormir en ese salón con mi colchón gigante en el suelo se ha hecho ya tan familiar que se me hace difícil pensar en haber dormido nunca en otra cama. Me queda tan solo un día y medio en Londres y la melancolía comienza a adueñarse de mí. No quiero volver, no hecho nada en falta de Barcelona y ni siquiera me preocupa descubrirlo. Procedo con mi desayuno habitual y ataviada con los útiles de turista me dirijo a la Tate Gallery, el museo del mundo que más ansiaba visitar. Cruzar el puente de una orilla a otra hasta la Tate es sumamente agradable ahora que no llueve y el sol se refleja en el agua intranquila del Támesis. Dicen que Londres correría gran peligro de inundarse si uno de los diques que detiene el agua se rompiera, y pienso que hay una calma extraña y cierta amenaza en sus aparentes tranquilas aguas. Me hago con un mapa nada más llegar al museo y descarto verlo todo en una mañana. Mi excitación crece por momentos al ir leyendo el nombre de los artistas que me esperan en sus salas. No hay nada como el amor por el arte cuando te sientas frente a una obra pintada en una época en la que no viviste y por un artista que no conociste jamás y que sin embargo te habla en un lenguaje secreto e íntimo. Se establece un diálogo mágico entre el cuadro y el contemplador. Las obras de arte no son estáticas, se mueven, hablan y a veces, hasta bailan entre sí.

Tate Gallery.
Yo no soy creyente, pero sin embargo cuando entro en una iglesia o catedral, desconecto el móvil, bajo la voz e intento pasar desapercibida. Que no crea en lo que allí se procesa no me da derecho a reírme. Los museos son templos sagrados del arte, sin entrar en la vanguardista cuestión de sí el arte debe o no colgarse en sus paredes, y como tales merecen un respeto por los artistas, por las obras y por visitantes. No entiendo a la gente que entra en ellos a mofarse, a hablar por el móvil o conversar a gritos, me irritan y me molestan sobremanera. Nadie les obliga a entrar y una vez lo hacen, deben ajustarse a las normas y respetar lo que allí se muestra. Muchos turistas, que entran tan sólo porque la entrada es gratuita, no lo hacen. Desengañémoslos, el arte no es para todos. El arte no es algo que gusta o no, el arte es mental, como dijo Leonardo, y requiere un estudio, una sensibilidad y una predisposición que no todos están dispuestos a hacer. Tuve que salir de una sala y dejar de contemplar a Monet, Rothko y Pollock porque una madre no fue capaz de hacer que sus niños dejaran de gritar y saltar encima de los bancos, aunque estoy segura que al salir no se le olvidó pasar por la tienda de regalos a por unos posavasos con las reproducciones de esas mismas pinturas.
La primera cosa que me llamó la atención de la Galería fue la disposición de las salas y las obras dentro de ellas. Es la mejor puesta en escena que he tenido el placer de contemplar. Las obras no están ordenadas por orden cronológico, ni por autores, ni por movimientos artísticos, sino que varios autores de diferentes épocas y movimientos comparten paredes y suelo en un diálogo inesperado. Es realmente difícil colgar a Miró, Dalí, Picasso, Max Ernst, Picabia, Chirico o Magrit en la misma sala y hacer que no se peguen a pesar de que todos pertenezcan o coqueteen con el surrealismo. Reconozco los cuadros desde lejos y entre salas y tengo que esforzarme en no mirar más allá para no hacerme un lío. Maldigo el trabajo de mi hermana que la retiene y le impide estar ahí conmigo, necesito hablar con alguien y como mi timidez me impide entablar conversación con el primero que pasa, tomo notas sobre el mismo mapa del museo.
Me deja especialmente impactada la parte final de la sala 2 del ala “Material Gestures” de la tercera planta, la misma que los niños desbocados me obligan a abandonar, donde hay un Pollock frente a “Los nenúfares” (1916) de Monet, y en la otra pared un Rothko. El camino a la abstracción es largo y difícil, pero en esa sala puedes hacerlo tan solo girando la cabeza. Monet, al final de su vida, en su afán por capturar la luz, los colores y la esencia del momento, por encima de la imitación o la plasmación exacta, roza la abstracción. No puede ser abstracción absoluta porque parte de la realidad, sin embargo, a su lado descansan los dos grandes maestros de las dos grandes corrientes del expresionismo abstracto americano: Pollock (action painting) y Rothko (color field painting). Ambos son abstractos porque ya no parten de la realidad, la realidad está superada. Pollock opta por la acción, el gesto, la furia. Para él la obra de arte está en el movimiento, en el momento de ser pintado (por ello pintaba con la técnica del “dripping” o goteo), el cuadro es la arena donde el arte sucede y cuando termina es tan sólo la huella, el testigo fósil. Para Rothko, el cuadro debe emanar tranquilidad, debe ser un lugar seguro donde refugiarse, un lugar más allá de todas las cosas, así sus cuadros son paisajes del color donde uno puede perderse si mira mucho rato. Descubro fascinada que si coges “Los nenúfares” de Monet y lo pones en posición vertical y esperas a que los colores sedimenten, el resultado es el cuadro de Rothko.

Nenúfares (1916)Monet

Rothko, 1950-52 (sin título)
Sigo embodada sala tras sala descubriendo a Debuffet junto a Tobay o Tapies mientras rodeo esculturas de Giacometti o Henry Moore, o levanto la vista para ver los móviles de Calder. Aquí hay más Bacon y más Freud, y como siempre que veo a uno de los dos, no puedo dejar de imaginarme a los dos amigos en la década de los 50 o 60 por el Soho londinense, antes de ser el Soho de moda actual, cuando era peligroso y un lugar fuera de toda norma y moral. Cuando ambos eran “outsiders”, artistas marginales, que se dejaron la piel y la felicidad por encontrar nuevos caminos por los que nadie hubiera pasado antes. El dolor de aquellos días, las ansias y la fuerza puede verse aún en sus pinturas.

Tres estudios para las figuras de la base de la Crucificción, Bacon.

Francis Bacon, Freud.
Entro en la sala dedicada exclusivamente a Rothko donde hay ocho pinturas de la serie “Red and Maroon” (1959). Hay tanta tristeza y desamparado en esa sala que siento frío y se me eriza el bello de los brazos. Los cuadros son de grandes medidas y ocupan casi todo el espacio en las paredes. Hay algo místico ahí dentro, algo casi religioso y sobrecogedor. En Rothko siempre hay una paz perturbante. Si te quedas a solas en esta sala, entiendes porque terminó suicidándose.
Se hace la hora, y bajo a la entrada a esperar a mi hermana. Varios turistas y varios idiomas me piden que les saque una foto. Pienso que si mi hermana tarde mucho más podría empezar a cobrar por ello. Cuando llega subimos a la cafetería del nivel 7 a tomar un capuchino sentadas frente a una de las vistas más impresionantes de la ciudad. No dejo de lloriquear porque no quiero irme. Salimos a pasear por donde los pasos nos lleven y cuando nos damos cuenta son las cuatro de la tarde y la única opción para comer es una de esas grandes cadenas de sándwiches que hay por toda la ciudad. Mi hermana protesta, a mi me hace ilusión comer a la inglesa, es decir, comida envasada y fría, en un lugar sin personalidad y con prisas. Seguimos paseando, volvemos al Soho, me acuerdo de Freud y Bacon, y pienso que en nada debe parecerse ahora el barrio a aquel en el que ellos vivieron. Laura me invita a tomar un chocolate deshecho en una cafetería italiana (uno de los mejores que he comido en mi vida) y luego seguimos de compras por Covent Garden. Volvemos a casa desde Oxford Street con un bus, sentadas en el piso superior, donde hago las últimas fotos de la ciudad bajo el sol del atardecer. En casa, Luis prepara un plato vasco y mi hermana y yo hacemos una ensalada. Empiezo a entender cuánta importancia tiene en nuestra cultura la comida. Hablamos un ratito antes de que a los tres nos venza el sueño y me acuesto en la cama sabiendo que es mi última noche.
No quiero que sea mañana, no quiero cerrar los ojos. Desde fuera me llega el sonido lejano de los aviones despegando desde el aeropuerto de Heathrow, en pocas horas, pienso, yo partiré en un avión con como ese y Londres y esta habitación quedarán tan sólo en algún lugar en esa materia extraña e invisible que son los recuerdos.

El Big Ben desde el bus bajo los últimos rayos de luz del día.
Me despierta Luis para despedirse de mí. Son las siete y media de la mañana y ya entra luz en la habitación. El sol de Inglaterra es más insistente que el nuestro. Los dos odiamos las despedidas, así que no decimos adiós, sólo que vaya bien y que nos vemos pronto. Desayuno sola lo de siempre y sé que antes de salir de nuevo para la Tate, debería dejar la maleta preparada, pero no quiero admitir que me voy, así que lo dejó todo tal cual, como si acabara de llegar de nuevo.
Me quedan en la Tate las dos alas del nivel 5: Idea and Object y States of flux. En la primera me topo con Flavin y su homenaje en forma de fluorescentes a Tatlin, constructivista ruso, y al edificio que planeó pero que jamás se construyó para la Tercera Internacional. Supongo que a su máximo enemigo artístico, Malevich, suprematista, debió de hacerle mucha gracia todo aquello. Flavin, que trabajó como vigilante de sala en un museo, varios años después del proyecto fracasado de Tatlin, realiza esta obra con fluorescentes; no es un edificio sólido, sino de luz, una ensoñación, como la obra de Tatlin, que sólo fue un proyecto, algo que nunca pudo tocarse.
Joseph Beuys está por ahí también haciendo de las suyas, tras Duchamp, nadie había vuelto a poner todo en entredicho como él lo hizo. Descubro a un artista español al que apenas conocía y que me cautiva, Juan Muñoz, que dice que: “en el arte siempre llegas muy pronto o muy tarde, siempre en el momento equivocado”. Él cree que cuando llegas a un cuadro siempre tienes la impresión de que algo va a suceder o de que algo ha sucedido, pero te lo has perdido o no lo verás jamás. Tiene también una escultura que consiste en varios hombrecillos en bronce sentados en un banco, todos se están riendo a carcajadas. Están hechos en una escala menor, así que de lejos, piensas que están todavía más lejos, y cuando te acercas, siguen estando lejos, creando una sensación de desasosiego y extrañeza. Muchos visitantes se reían mucho con esta obra, lo que no sabían es que, precisamente, los hombrecillos se están riendo de ellos. Recuerdo a un profesor mío diciendo que el siglo XX es la constante reinterpretación de todo, la puesta al límite del arte.
Vuelvo a casa en metro, y cruzando uno de los puentes del río, hago las últimas fotos sin muchas ganas, pesa más la pena, y sé que por más fotos que haga, no podré retener el tiempo. Saliendo en la estación, mi hermana me aborda por detrás, resulta que veníamos sin saberlo en el mismo vagón. Resultará que Londres no es tan grande como yo pensaba. Comemos juntas, tomamos café con galletas, hablamos, intentamos no mencionar nada de un avión que sale para Barcelona desde Gatwick en pocas horas. A mi hermana le pesa mucho el cansancio, tiene ojeras y no termina de curarse su resfriado, sin embargo se ha pasado una semana yendo y viniendo por las calles de Londres conmigo. Por cosas como esa es una de mis personas favoritas en el mundo. En la estación de Victoria dejamos pasar un tren para tener unos minutos más para despedirnos. No quiero llorar, pero empieza ella y yo no puedo evitarlo. Poco a poco los pasajeros van subiendo al tren y los vagones se van llenando, me consuela que con mi marcha, mi hermana podrá descansar un poco y terminar por fin el libro del que le faltan tan sólo unas páginas.
Suena la alarma que anuncia que van a cerrarse las puertas, le digo adiós con la mano y ella me sonríe mientras se cierran las puertas. El tren comienza a moverse y veo como se aleja caminando por el andén sin girarse. Londres está ahí fuera para ella, ese es su momento. El mío termina aquí, en el tren que me lleva al aeropuerto, donde abro mi libreta y comienzo a escribir esto para no olvidar, ahora que Londres queda a mi espalda y todo comienza a estar cubierto por la niebla espesa de los recuerdos.
